Dame tu mano:
Voy a contarte ahora
cómo he entrado en lo inexpresivo
que siempre ha sido mi búsqueda ciega y secreta.
De cómo he entrado
en aquello que existe entre el número uno y el número dos,
de cómo he visto la línea de misterio y fuego,
y que es línea subrepticia.
Entre dos notas de música existe una nota,
entre dos hechos existe un hecho,
entre dos granos de arena por más juntos que estén
existe un intervalo de espacio,
existe un sentir que es entre el sentir
—en los intersticios de la materia primordial
está la línea de misterio y fuego
que es la respiración del mundo,
y la respiración continua del mundo
es aquello que oímos
y llamamos silencio.
Dame tu mano, © Clarice Lispector ( Traducción de ©Sandra Santos).-
Vou agora te contar
como entrei no inexpressivo
que sempre foi a minha busca cega e secreta.
De como entrei
naquilo que existe entre o número um e o número dois,
de como vi a linha de mistério e fogo,
e que é linha sub-reptícia.
Entre duas notas de música existe uma nota,
entre dois fatos existe um fato,
entre dois grãos de areia por mais juntos que estejam
existe um intervalo de espaço,
existe um sentir que é entre o sentir
—nos interstícios da matéria primordial
está a linha de mistério e fogo
que é a respiração do mundo,
e a respiração contínua do mundo
é aquilo que ouvimos
e chamamos de silêncio.
Dá-me a tua mão, Clarice Lispector.-
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jueves, 30 de julio de 2020
domingo, 10 de junio de 2018
Brasilia está construída en la línea del horizonte –Brasilia es artificial. Tan artificial como ha de haber sido el mundo cuando fue creado. Cuando el mundo fue creado, fue necesario crear un hombre especialmente para aquel mundo. Nosotros estamos todos deformados por la adaptación a la libertad de Dios. No sabemos cómo seríamos si hubiésemos sido creados en primer lugar, y después el mundo deformado según nuestras necesidades. Brasilia todavía no tiene al hombre de Brasilia. –Si yo dijera que Brasilia es linda, percibirían de inmediato que me gustó la ciudad. Pero si digo que Brasilia es la imagen de mi insomnio, ven en esto una acusación; pero mi insomnio soy, es vívido, es mi espanto. Los dos arquitectos no pensaron en construir belleza, sería fácil; ellos levantaron su espanto, y dejaron inexplicado el espanto. La creación no es comprensión, es un nuevo misterio. –Morí, un día abrí los ojos y era Brasilia. Estaba sola en el mundo. Había un taxi parado. Sin chofer. –Lúcio Costa y Oscar Niemayer, dos hombres solitarios. –Veo a Brasilia como veo a Roma: Brasilia empezó con una simplificación final de ruinas. La hiedra todavía no creció. –Además del viento hay otra cosa que sopla. Sólo se reconoce la crispación sobrenatural del lago. –En cualquier lugar donde donde se está de pie, un niño se puede caer, y quedar fuera del mundo. Brasilia queda en la orilla. –Si yo viviera aquí, dejaría que mis cabellos crecieran hasta el piso. –Brasilia es de un pasado esplendoroso que ya no existe más. Hace milenios desapareció ese tipo de civilización. En el siglo IV a.C. estaba habitada por hombres y mujeres rubios y altísimos, que no eran americanos ni suecos, y que brillaban al sol. Eran todos ciegos. Es por eso que en Brasilia no se corre el riesgo de tropezar. Los brasiliarios se vestían con oro blanco. La raza se extinguió porque nacían pocos hijos. Cuanto más bellos los brasiliarios, más ciegos y más puros y más centelleantes, y menos hijos. No había nada en nombre de lo cual morir. Milenios después fue descubierta por una banda de forajidos que en ningún otro lugar serían recibidos; ellos no tenían nada que perder. Allí encendieron fuego, armaron tiendas, poco a poco excavaron las arenas que cubrían la ciudad. Eran hombres y mujeres más pequeños y morenos, de ojos esquivos e inquietos, y que, por ser fugitivos y estar desesperados, tenían en nombre de qué vivir y morir. Habitaron las casas en ruinas, se multiplicaron, y construyeron una raza humana muy contemplativa. –Esperé por la noche, como quien espera por las sombras para poder escabullirse. Cuando llegó la noche, me di cuenta con horror de que era inútil: donde estuviera, me verían. Lo que me aterroriza es: ¿quién? –Fue construida sin lugar para ratas. Toda una parte nuestra, la peor, exactamente la que siente horror por las ratas, esa parte no tiene cabida en Brasilia. Ellos quisieron negar que no servimos para nada. Construcciones con espacio calculado para las nubes. El infierno me entiende mejor. Pero las ratas, todas muy grandes, la están invadiendo. Es un titular de los diarios. –Aquí tengo miedo –Este gran silencio visual que yo amo. También mi insomnio habría creado esta paz del nunca. También yo, como ellos dos que son monjes, meditaría en este desierto. Donde no hay lugar para las tentaciones. Pero veo a lo lejos buitres que sobrevuelan. ¿Qué se está muriendo mi Dios? –No lloré ni una vez en Brasilia. No había motivo. –Es una playa sin mar. –En Brasilia no hay por donde entrar, ni hay por dónde salir. –Mamá, es lindo verte de pie con esa capa blanca, volando (Es que estoy muerta mi hijo). –Una prisión al aire libre. De cualquier manera, no habría dónde escapar. Pues quien huye se dirigiría probablemente a Brasilia. Me atraparon en libertad. Pero libertad es sólo lo que se conquista. Cuando me la conceden, me están ordenando ser libre. –Todo un costado de frialdad humana que tengo, lo encuentro en mí aquí en Brasilia, y florece gélido, potente, fuerza helada de la naturaleza. Aquí es el lugar donde mis crímenes (no los peores, sino los que comprenderé en mí), donde mis crímenes no serían de amor. Me voy a los otros crímenes, los que Dios y yo comprendemos. Pero sé que volveré. Me atrae aquí lo que en mí me asusta. –Nunca vi nada igual en el mundo. Pero reconozco esta ciudad en lo más profundo de mi sueño. Lo más profundo de mi sueño es una lucidez.
Fragmento de un texto de Clarice Lispector escrito originalmente el 20 de junio de 1970 y publicado en español en el libro Revelación de un mundo, de la Editorial Adriana Hidalgo.
Fragmento de un texto de Clarice Lispector escrito originalmente el 20 de junio de 1970 y publicado en español en el libro Revelación de un mundo, de la Editorial Adriana Hidalgo.
sábado, 20 de diciembre de 2014
domingo, 23 de febrero de 2014
miércoles, 12 de junio de 2013
lunes, 19 de noviembre de 2012
domingo, 18 de noviembre de 2012
27 de mayo
Saudade es un poco como hambre. Sólo ocurre cuando se come la presencia. Pero a veces la saudade es tan profunda que la presencia es poco: se quiere absorber a la otra persona toda. Estas ganas de uno ser el otro para una unificación completa es uno de los sentimientos más urgentes que existen en esta vida.
'Saudade' de Revelación de un mundo - Clarice Lispector.-
sábado, 17 de noviembre de 2012
Disculpe que me equivoque tanto en la máquina. Primero porque mi mano derecha resultó quemada. Segundo, no sé por qué. Ahora un pedido: no me corrija. La puntuación es la respiración de la frase, y mi frase respira así. Y si a usted le parezco rara, respéteme también. Incluso yo me vi obligada a respetarme. Escribir es una maldición.
'Al linotipista' de Revelación de un mundo - Clarice Lispector.-
miércoles, 14 de noviembre de 2012
Tal vez por el hábito de poner título o por unas súbitas ganas de tener un cuaderno prolijo como en la escuela, escribí: lista de... Y fue en ese instante cuando aparecieron las ganas de no ser seria. Es ésta la primera señal del animus brincandi, en materia de pensar —como hobby. Y escribí aguda: lista de sentimientos. Lo que quería decir con esto tuve que dejarlo para más adelante —señal de que estaba en el camino correcto y que no me afligía por no entender; la actitud debe ser: no se pierde por esperar, no se pierde por no entender.
Entonces empecé una listita de sentimientos de los cuales no sé el nombre.
'Jugar a pensar' de Revelación de un mundo (Fragmento) - Clarice Lispector.-
miércoles, 31 de octubre de 2012
Es tan vasto el silencio de la noche en la montaña. Y tan despoblado. En vano uno intenta trabajar para no oírlo, pensar rápidamente para disimularlo. O inventar un programa, frágil punto que mal nos une al súbitamente improbable día de mañana. Cómo superar esa paz que nos acecha. Silencio tan grande que la desesperación tiene vergüenza. Montañas tan altas que la desesperación tiene vergüenza. Los oídos se afilan, la cabeza se inclina, el cuerpo todo escucha: ningún rumor. Ningún gallo. Cómo estar al alcance de esa profunda meditación del silencio. De ese silencio sin memoria de palabras. Si es muerte, cómo alcanzarla.
Es un silencio que no duerme: es insomne; inmóvil, pero insomne; y sin fantasmas. Es terrible: sin ningún fantasma. Inútil querer probarlo con la posibilidad de una puerta que se abra crujiendo, de una cortina que se abra y diga algo. Está vacío y sin promesas. Si por lo menos se escuchara al viento. El viento es ira, la ira es vida. O nieve. La nieve es muda pero deja rastro, lo emblanquece todo, los niños ríen, los pasos resuenan y dejan huella. Hay una continuidad que es la vida. Pero este silencio no deja señales. No se puede hablar del silencio como se habla de la nieve. No se puede decir a nadie como se diría de la nieve: ¿oíste el silencio de esta noche? El que lo escuchó, no lo dice.
La noche desciende con las pequeñas alegrías de quien enciende lámparas, con el cansancio que tanto justifica el día. Los niños de Berna se duermen, se cierran las últimas puertas. Las calles brillan en las piedras del suelo y brillan ya vacías. Y al final se apagan las luces más distantes.
Pero este primer silencio todavía no es el silencio. Que espere, pues las hojas de los árboles todavía se acomodarán mejor, algún paso tardío tal vez se oiga con esperanza por las escaleras.
Pero hay un momento en que del cuerpo descansado se eleva el espíritu atento, y de la tierra, la luna alta. Entonces él, el silencio, aparece.
El corazón late al reconocerlo.
Se puede pensar rápidamente en el día que pasó. O en los amigos que pasaron y para siempre se perdieron. Pero es inútil huir: el silencio está ahí. Aun el sufrimiento peor, el de la amistad perdida, es sólo fuga. Pues si al principio el silencio parece aguardar una respuesta -cómo ardemos por ser llamados a responder-, pronto se descubre que de ti nada exige, quizás tan sólo tu silencio. Cuántas horas se pierden en la oscuridad suponiendo que el silencio te juzga, como esperamos en vano ser juzgados por Dios. Surgen las justificaciones, trágicas justificaciones forzadas, humildes disculpas hasta la indignidad. Tan suave es para el ser humano mostrar al fin su indignidad y ser perdonado con la justificación de que es un ser humano humillado de nacimiento.
Hasta que se descubre que él ni siquiera quiere su indignidad. Él es el silencio.
Puede intentar engañársele, también. Se deja caer como por casualidad el libro de cabecera en el suelo. Pero, horror, el libro cae dentro del silencio y se pierde en la muda y quieta vorágine de éste. ¿Y si un pájaro enloquecido cantara? Esperanza inútil. El canto apenas atravesaría como una leve flauta el silencio.
Entonces, si se tiene valor, no se lucha más. Se entra en él, se va con él, nosotros los únicos fantasmas de una noche en Berna. Que entre. Que no espere el resto de la oscuridad delante de él, sólo él mismo. Será como si estuviéramos en un navío tan descomunalmente grande que ignoráramos estar en un navío. Y éste navegara tan largamente que ignoráramos que nos estamos moviendo. Más de eso, nadie puede. Vivir en la orla de la muerte y de las estrellas es una vibración más tensa de lo que las venas pueden soportar. No hay, siquiera, un hijo de astro y de mujer como intermediario piadoso. El corazón tiene que presentarse frente a la nada sólito y sólito latir alto en las tinieblas. Sólo se escucha en los oídos el propio corazón. Cuando éste se presenta completamente desnudo, no es comunicación, es sumisión. Además, nosotros no fuimos hechos sino para el pequeño silencio.
Si no se tiene valor, que no se entre. Que se espere el resto de la oscuridad frente al silencio, sólo los pies mojados por la espuma de algo que se expande dentro de nosotros. Que se espere. Un insoluble por otro. Uno al lado del otro, dos cosas que no se ven en la oscuridad. Que se espere. No el fin del silencio, sino la ayuda bendita de un tercer elemento, la luz de la aurora.
Después, nunca más se olvida. Es inútil intentar huir a otra ciudad. Porque cuando menos se lo espera, se puede reconocerlo de repente. Al atravesar la calle en medio de las bocinas de los autos. Entre una carcajada fantasmagórica y otra. Después de una palabra dicha. A veces, en el mismo corazón de la palabra. Los oídos se asombran, la mirada se desvanece: helo ahí. Y desde entonces, él es fantasma.
'Silencio' - Clarice Lispector.-
lunes, 8 de octubre de 2012
Había una levísima embriaguez en andar juntos, la alegría como cuando se siente la garganta un poco seca y se ve que por admiración se estaba con la boca entreabierta: ellos respiraban de antemano el aire que estaba delante, y tener esa sed era su propia agua. Andaban por calles y calles hablando y riendo, hablaban y reían para dar materia y peso a la levísima embriaguez que era la alegría de su sed. Por culpa de los autos y las personas, a veces ellos se tocaban, y al tocarse – la sed es la gracia, pero las aguas son una belleza a oscuras – y al tocarse brillaba el brillo de su agua, la boca quedaba un poco más seca de admiración. Como admiraban estar juntos !
Hasta que todo se transformó en no. Todo se transformó en no cuando ellos quisieron su propia alegría. Entonces, la gran danza de los errores. El ceremonial de las palabras desacertadas. El buscaba y no veía, ella no veía que él no había visto, ella que estaba allí sin embargo. Sin embargo él que estaba ahí. Todo fue equivocación, y estaba la gran polvareda de la calle, y cuanto más erraban, más con aspereza querían, sin sonrisa. Todo sólo porque habían prestado atención, sólo porque no estaban bastante distraídos. Sólo porque, de pronto exigentes y duros, quisieron dar un nombre; porque quisieron ser, ellos que eran. Aprendieron entonces que, no estando distraídos, el teléfono no suena, y es preciso salir de casa para que la carta llegue, y cuando el teléfono finalmente suena, el desierto de la espera ya cortó los hilos. Todo, todo por no estar más distraídos.
'Por no estar distraídos' - Clarice Lispector.-
lunes, 17 de septiembre de 2012
miércoles, 12 de septiembre de 2012
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